San Sebastián, donde la memoria todavía huele a pólvora y horchata

Por: Yoisi Moguel

MÉRIDA, Yucatán, 9 de agosto de 2026.- El estallido de un volador rompió, un año más, la calma del presente y trajo de golpe la memoria de mi infancia. En un instante, todo volvió a estar ahí: el Gremio de la Esperanza Católica, las calles del barrio de San Sebastián, los juegos mecánicos del parque y ese inconfundible olor a pólvora que dejaban los petardos en el aire.

Días antes del 9 de agosto, el tiempo solía volverse más vivo, ajetreado y entrañable. La agitación propia del festejo transformaba la rutina en la esquina de la 73 por 74, ese punto neurálgico del barrio donde la casa abría sus puertas a la comunidad con el gremio.

Eran jornadas de ir y venir, de correr para comprar la pirotecnia, contratar a la charanga y dejar listos los estandartes y pabellones, siempre bajo la mirada atenta y la supervisión de Esperanza Rosel, presidenta del gremio y alma de esta fiesta.

Entre todos los preparativos, recuerdo con claridad, cuando mi madre llevaba a moler el arroz con las especias y el azúcar para elaborar la horchata. Hasta el día de hoy puedo percibir su aroma; un sabor único, artesanal, que no tiene comparación con ningún otro.

En casa, durante la víspera, no se descansaba, se planchaban con sumo cuidado las telas de los estandartes y se pulían minuciosamente las alhajas que adornaban a la Virgen en el estandarte principal.

A través del gremio, y haciendo honor a su nombre, Esperanza, mi madre, nos transmitió el amor por esta festividad, la calidez de la hospitalidad y la cordialidad hacia el prójimo.

Años después, mi hermano mayor se sumó de lleno a la organización y, junto a ella, asumimos el compromiso de cumplir la promesa que nos unía a este rincón; él se encargaba de cuidar cada detalle con el mismo cariño de siempre.

El 3 de agosto de 1989 mi madre falleció, pero el gremio no se detuvo, su fuerza nos seguía guiando, y el día 9, como siempre, el gremio salió de la casa para no volver a ella de la misma manera, pero llevando su recuerdo más presente que nunca para mantener viva la tradición que era toda su vida.

La charanga de Colitos animaba cada paso del trayecto, como un saludo a las familias que salían de sus casas a ver desfilar al gremio.

Guardo en la memoria a cada una de las personas que llegaban con sus flores, su alegría y una elegancia desbordante, portando en la mirada el orgullo y el honor de cargar el estandarte.

Los voladores marcaban cada momento, eran el llamado a reunirse, la señal para empezar a caminar hacia la iglesia y la guía para coronar el recorrido justo a tiempo, entrando por la puerta del templo en punto de las 12 del día.

Antes de fallecer, mi madre recibió la visita de un vecino del barrio, Marcelo Sanguineti, hoy también acaecido, quien le pidió heredar el gremio con la firme promesa de cuidarlo. Sé que él nunca mencionó públicamente el nombre de mi madre, pero ella confió en él para sostener y dar continuidad a su legado.

Ese amor y esa devoción por nuestras raíces son enseñanzas suyas; son la razón por la que regreso a esa iglesia cada agosto. Es mi cita pactada con el pasado para abrazarlo, honrar su memoria y vivir, con ese mismo fervor, cada instante de mi presente.

Hoy sé que el Gremio de la Esperanza lleva su nombre porque ella estuvo aquí; porque su fe, su entrega y su esfuerzo siguen caminando con nosotros en cada paso, en cada estallido en el cielo y en cada recuerdo que jamás se borrará.

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